Si algo ha quedado claro en esta crisis, o lo que quiera que sea, es que la revolución como motor de cambio de la estructura social ya no es posible. La subversión ha sido aplacada sin llegar a tener lugar. Ni un chispazo. Ni un disparo. Ni una sola gota de sangre. Sólo editoriales tibios y presidentes sin poder alguno pidiendo calma y confianza en quienes se burlan de nosotros en cada dólar, en cada euro, en cada libra. En el siglo XXI el cinismo es moneda única, y la furia un arrebato adolescente de mal gusto, reducto de blogs y unas pocas conversaciones de cafetería.
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